Desde arriba era llamativa la disposición de la sala que usualmente para recitales se prepara priorizando el espacio para la movilidad, en este caso estaba vestida con muchas sillas debajo y arriba el espacio platea donde todos poco a poco se fueron ubicando en la espera de la aparición de Posca.
Quien lo tiene visto al marplatense no se sorprendió de que apareciera atravesando la sala, semidesnudo montado en un palo con cabeza de caballo. Cantando y bailando una vez arriba del escenario.
“La locura no existe, la normalidad tampoco” una línea que repitió en varias oportunidades podría ocupar el leit motive del desfile de personales marginales que Posca fue reconstruyendo sin interrupciones durante el transcurso de su presentación en la noche montevideana, en la Trastienda.
La propuesta del artista implica una coparticipación con el público, mediante una recurrente invitación a soltar prejuicios, rigidez, autocensura. El público se dejó seducir y se produjeron momentos de una armonía bella, de equidad y risas desparramadas al punto de las lágrimas y el calambre de panza.
Dio la sensación de que Posca necesita esa aceptación de la sintonía que propone para poder desarrollar sus desdoblamientos que eclosionan en personajes tan disimiles como extremos. El público le da el visto bueno y Posca parece saltar al vacío con la certidumbre de que hay un colchón que va a amortiguar sus picantes reflexiones. Como un elástico, Posca elonga la sensibilidad del público, empuja, y cincha con mucho cuidado, sacándonos de un confort autopercibido y nos lleva al terreno de una realidad que también duele, incomoda, combinada con la belleza de la aceptación y la posibilidad de generar enfoques que atraviesen todo, con el amor como eje.