Favio Posca

Fotografía: Bruno Conti

Crónica: Pedro González

Sábado 4 de mayo de 2024

La Trastienda MVD

 

El sábado 4 de mayo pasado se presentó en la Trastienda el cómico, actor, músico argentino, Favio Posca.

Una cola que ocupaba la vereda delante de la sala fue ingresando paulatinamente en un ambiente de charla y expectativa que se respiraba en el aire. En su gran mayoría entre los 30 y 60 años de edad, un público heterogéneo.

Desde arriba era llamativa la disposición de la sala que usualmente para recitales se prepara priorizando el espacio para la movilidad, en este caso estaba vestida con muchas sillas debajo y arriba el espacio platea donde todos poco a poco se fueron ubicando en la espera de la aparición de Posca.

Quien lo tiene visto al marplatense no se sorprendió de que apareciera atravesando la sala, semidesnudo montado en un palo con cabeza de caballo. Cantando y bailando una vez arriba del escenario.

“La locura no existe, la normalidad tampoco” una línea que repitió en varias oportunidades podría ocupar el leit motive del desfile de personales marginales que Posca fue reconstruyendo sin interrupciones durante el transcurso de su presentación en la noche montevideana, en la Trastienda.

La propuesta del artista implica una coparticipación con el público, mediante una recurrente invitación a soltar prejuicios, rigidez, autocensura. El público se dejó seducir y se produjeron momentos de una armonía bella, de equidad y risas desparramadas al punto de las lágrimas y el calambre de panza.

Dio la sensación de que Posca necesita esa aceptación de la sintonía que propone para poder desarrollar sus desdoblamientos que eclosionan en personajes tan disimiles como extremos. El público le da el visto bueno y Posca parece saltar al vacío con la certidumbre de que hay un colchón que va a amortiguar sus picantes reflexiones. Como un elástico, Posca elonga la sensibilidad del público, empuja, y cincha con mucho cuidado, sacándonos de un confort autopercibido y nos lleva al terreno de una realidad que también duele, incomoda, combinada con la belleza de la aceptación y la posibilidad de generar enfoques que atraviesen todo, con el amor como eje.

Cada uno de los personajes del artista mezcló los ingredientes de humor con la reflexión humana profunda, como si se tratara de un chef combinando sabores agrios y dulces. Los presentes asistimos a una exhibición desopilante de una realidad que inquieta. Posca guio una excursión y todos salimos a pasear por un bosque lleno de espinas y de flores hermosas, de animales depredadores y de simpáticos monos. Nos zambullimos en un mar cristalino repleto de piedras que en el fondo dolían al caminar.

En cuanto a la puesta, es remarcable la tempística en que el porteño cambia de personaje, vestuario y como, mientras realiza esta mutación sigue interpretando un personaje puente, incluso dos al mismo tiempo. La destreza intelectual que despliega, combinada con una performance física no deja punto ciego, ni más tiempo que el de acomodarse en la butaca para poder seguir siendo testigo de una demostración magistral de interpretación actoral y musical.

La noche Montevideana se engalanó con un referente marginal, excepcional, que provocó lo que toda dramaturgia debe provocar, catarsis. Un público local poco acostumbrado a este tipo de interpelaciones artísticas se entregó y disfruto de la rareza genial de Posca. Tanto Posca como el público despidieron la noche cantando a coro “acaríciame la verga”, una consigna que el universo de Posca unió al público sin inconvenientes más allá de géneros y cualquier tipo de estratos o discrepancias lingüísticas.

Cuatro Cuarenta